Se subasta una coupé de los 50: era una de las más espectaculares de su época
Este ejemplar es uno de los 2.550 fabricados y presenta un estado de conservación admirable.

RM Sotheby’s ofrece en su subasta de Hershey un Continental Mark II de 1956 con una procedencia que lo vuelve todavía más raro: fue pedido por James K. Gaylord, el coleccionista que después intentó fabricar su propio auto de lujo. La unidad salió de fábrica con pintura especial White Lucite, aire acondicionado y vidrios polarizados, y no tiene precio mínimo de reserva.
El plan de Ford: fabricar el mejor auto del mundo, cueste lo que cueste
A mediados de los años 50, Ford tomó una decisión que contradecía toda la lógica de Detroit. No le alcanzaba con vender autos grandes y confiables: quería demostrar que la industria americana podía fabricar el mejor auto del mundo. Para eso creó una división separada de Lincoln y de la propia Ford, con una marca propia llamada Continental y un único producto.

Ese producto fue el Continental Mark II, presentado como año modelo 1956. Un coupé hardtop de dos puertas, bajo, ancho y de líneas tan limpias que no tenía nada que ver con el barroquismo cromado que dominaba la producción americana de aquellos años.
El precio tampoco tenía nada que ver. Se vendía a casi 10.000 dólares de la época, una cifra que con opciones podía superar los 10.000 y que lo ubicaba muy por encima de la mayoría de los autos de lujo del mercado americano. Era, en criollo, el primer intento serio de crear un Rolls-Royce americano.

Bajo el capó llevaba un V8 de 368 pulgadas cúbicas (6,0 litros) con alrededor de 285 hp, asociado a una transmisión automática de tres velocidades. No era un auto de prestaciones extremas ni lo pretendía: era un objeto de deseo pensado para viajar en silencio y con estilo.
Un auto hecho a mano en la tierra de la producción en serie
La verdadera herejía del Mark II no fue el precio, sino el método. Ford lo fabricó al margen de la lógica industrial que había convertido a la compañía en la mayor productora de autos del mundo. La carrocería se pulía a mano. Los paneles se ajustaban uno por uno. El interior se tapizaba con cuero cosido con criterio artesanal.
El resultado era un auto de una calidad de terminación que ningún otro producto americano de la época podía igualar. También era un auto que le hacía perder plata a Ford con cada unidad vendida.

El programa duró poco. En 1956 se fabricaron 2.550 ejemplares. En 1957 se completaron unos pocos cientos más antes de que Ford cancelara la marca Continental y reencadenara el nombre a Lincoln. El fracaso comercial, paradójicamente, no hizo más que agrandar su leyenda.
James Gaylord, el primer dueño que quiso tener su propio Continental
El ejemplar que ahora ofrece RM Sotheby’s no es un Mark II más. Fue pedido originalmente por James K. Gaylord, un nombre propio en la historia del automóvil americano. Junto a su hermano Edward, Gaylord impulsó el automóvil Gaylord, un proyecto de auto de lujo ultra exclusivo de mediados de los 50 que terminó siendo una de las producciones más raras y enigmáticas de la industria estadounidense.
No es un detalle menor. Gaylord no se conformó con comprar el auto más caro de los Estados Unidos: después intentó fabricar el suyo propio. Que haya elegido un Continental Mark II como auto personal dice bastante sobre lo que ese modelo representaba en su momento.
White Lucite, aire acondicionado y vidrios polarizados

Esta unidad en particular salió de fábrica con una combinación de opciones poco común incluso para un auto que ya era de por sí rarísimo.
La pintura White Lucite era un color de pedido especial, dentro del sistema de esmaltes sintéticos que usaba la industria de entonces. No era un blanco común de catálogo: tenía un acabado más profundo y refinado.
El aire acondicionado, hoy un equipo habitual, en 1956 era un extra de lujo que implicaba un sistema integrado durante la producción, con compresor montado en el motor y salidas en el habitáculo. No tiene nada que ver con un equipo añadido años después en un taller.
Los vidrios polarizados completaban el paquete: cristales con tratamiento para reducir el calor y los reflejos del sol, que recién décadas más tarde se convertirían en estándar.
La carrocería, además, es un hardtop de dos puertas: techo rígido sin parante central entre las ventanillas, una solución que le daba una silueta de descapotable sin sufrir las filtraciones de agua de una capota de lona.
Una subasta sin reserva en Hershey
RM Sotheby’s ofrece este Mark II sin precio mínimo de reserva. En la jerga de las subastas, significa que el auto se adjudica al mejor postor, gane como gane. No es habitual cuando se trata de piezas con procedencia importante, y mucho menos con una historia como la de Gaylord.
La estimación es de 60.000 a 75.000 dólares. Es una cifra baja si se la compara con los clásicos europeos más cotizados de la misma época, pero representa con fidelidad el lugar que el Mark II ocupa hoy en el coleccionismo americano: un objeto de culto para pocos, no una pieza de especulación masiva.
La subasta se celebra en Hershey, Pensilvania, en el marco del AACA Eastern Fall Meet, una de las concentraciones de autos antiguos más convocantes de los Estados Unidos. De los 2.550 Mark II fabricados en 1956, pocos conservan una procedencia documentada como la de Gaylord. Esta unidad, además, tiene la combinación de White Lucite, aire acondicionado y vidrios polarizados. Lo demás lo decidirá el mejor postor.
