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Ferrari Testarossa: 390 CV, 290 km/h y el diseño que valió más que su velocidad

El ensanche del tren trasero también tuvo un beneficio habitable: el habitáculo ganó espacio respecto del Boxer, algo que los compradores de la época valoraron.

Ferrari Testarossa: 390 CV, 290 km/h y el diseño que valió más que su velocidad

El Ferrari Testarossa debutó en el Mondial de l’Automobile de París, en octubre de 1984, con una decisión de diseño que dividió opiniones: branquias laterales gigantes, un tren trasero más ancho que el delantero y faros escamoteables. El resultado no fue solo un superdeportivo. Fue el auto que definió estéticamente a los años 80.

El motor que bautizó al Testarossa

El nombre no es casual. Testarossa significa «cabeza roja» en italiano y hace referencia a las tapas de levas pintadas de rojo del motor. Ese motor es un flat-12 de 4.943 centímetros cúbicos, aspirado, identificado internamente como Tipo F113. Entrega 390 caballos a 6.300 revoluciones por minuto y cerca de 480 Nm de torque. Suficiente para alcanzar 290 km/h y cubrir el 0 a 100 km/h en algo más de cinco segundos, según las mediciones de la prensa de la época.

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No era el auto más rápido del mundo en 1984. Ni siquiera el más potente de Ferrari. Pero la combinación de motor central y caja transaxle (la transmisión manual de cinco velocidades integrada al diferencial trasero) lograba un reparto de pesos que lo hacía previsible y efectivo en autopista. El flat-12, con los cilindros opuestos horizontalmente, bajaba el centro de gravedad y entregaba una suavidad de funcionamiento rara incluso para un doce cilindros.

Técnicamente, el motor del Testarossa no es un «boxer» como los de Subaru o Porsche. Es un flat-12 con cigüeñal compartido entre bancadas opuestas, una configuración que Ferrari venía refinando desde la saga 512 BB. Esa herencia técnica le dio al Testarossa una base probada, aunque su puesta a punto no estuvo exenta de críticas: la dirección era pesada en maniobras, la visibilidad trasera casi nula y el consumo obligaba a planificar cada salida.

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Un diseño que nació de un problema térmico

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Las branquias laterales del Testarossa no fueron un capricho estético. Eran la respuesta de Pininfarina a un problema de ingeniería: los radiadores, ubicados atrás en el Boxer, necesitaban aire limpio sin ensanchar demasiado la trompa. La solución fue llevar las tomas de aire a los costados, protegidas por rejillas horizontales que se convirtieron en la firma visual del auto.

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Pininfarina, con Leonardo Fioravanti al frente del proyecto, ensanchó el tren trasero de manera notable respecto del delantero. Eso le dio al Testarossa una postura agresiva, baja y ancha, que parecía salida de una película de ciencia ficción. Los faros escamoteables completaban un lenguaje de diseño que dividió a los puristas de la época. Las branquias fueron criticadas por considerarse excesivas. Con el tiempo se volvieron el elemento más imitado del diseño automotriz de la década.

El ensanche del tren trasero también tuvo un beneficio habitable: el habitáculo ganó espacio respecto del Boxer, algo que los compradores de la época valoraron. Aun así, el Testarossa seguía siendo un auto bajo y ancho que exigía paciencia para estacionar y pericia para circular por calles estrechas.

De Miami Vice al auto-póster de una década

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La cultura popular hizo el resto. En la tercera temporada de Miami Vice, el detective Sonny Crockett abandonó la réplica de Ferrari Daytona que usaba en las primeras temporadas y se subió a un Testarossa blanco. Ese auto, filmado de noche entre neones y palmeras, se volvió una estrella más de la serie. No hizo falta que el público entendiera de motores: el Testarossa era el auto que todos querían en la pared del cuarto.

Fue el auto-póster por excelencia de los años 80. Si naciste después de los 90, quizás no lo viviste, pero alcanza con mirar una foto para entenderlo. Cualquier adolescente de la época podía reconocerlo de lejos por las branquias, la cola ancha y la silueta baja. Pensá en la Countach de Lamborghini, con sus puertas tijera. Ni eso logró el nivel de identificación masiva del Testarossa. El auto aparecía en videojuegos, pósteres, revistas y televisión. Era el objeto de deseo aspiracional de una generación entera.

La evolución del flat-12: del Boxer al F512 M

El Testarossa llegó para reemplazar a la saga Berlinetta Boxer, que ya había establecido la fórmula de motor central, flat-12 y caja transaxle. La diferencia fue de concepto: el Boxer era sobrio, casi minimalista. El Testarossa apostó por la espectacularidad sin resignar la arquitectura técnica probada en la 512 BB.

La producción del Testarossa original se extendió entre 1984 y 1991, con alrededor de 7.177 unidades fabricadas. Después llegaron la 512 TR, entre 1991 y 1994, y la F512 M, entre 1994 y 1996. Ambas evolucionaron la fórmula con más potencia, mejoras de chasis y actualizaciones de diseño. Pero ninguna volvió a capturar la atención masiva del modelo original. La receta ya estaba agotada: el mundo de los superdeportivos había empezado a pedir motores más compactos, tracción integral y asistencias electrónicas que el flat-12 no podía ofrecer sin cambiar su esencia.

Cuánto vale hoy un ícono de los 80

En su momento, el Testarossa se vendió en Estados Unidos por cerca de 181.000 dólares. Una fortuna para la época. Hoy, lejos de depreciarse, el auto se transformó en un clásico moderno muy buscado por coleccionistas. Los ejemplares en buen estado superan holgadamente los 150.000 dólares en el mercado internacional, y los mejor documentados, con historial impecable o colores poco comunes, pueden superar los 300.000 dólares sin esfuerzo.

El mercado de los «youngtimers» (así se conoce a los clásicos que aún no llegan a las cinco décadas) impulsó la revalorización del Testarossa. Quienes crecieron con el póster en la pared hoy tienen la edad y el capital para comprar el auto real. Esa demanda sostenida convirtió al sucesor del Boxer en una inversión que rinde más que muchos autos nuevos.

El Testarossa no fue el Ferrari más rápido, ni el más cómodo, ni el más radical de su tiempo. Pero ninguna otra Ferrari definió una década con tanta contundencia. Más de cuarenta años después de su debut en París, sus branquias laterales siguen siendo el resumen visual de los años 80.