Mercedes 190E 2.3-16: 50.000 km a 247,94 km/h durante 8 días y solo paró para cargar nafta
El corazón del récord fue un 2.299 cm³ de cuatro cilindros con tapa de 16 válvulas desarrollada junto a Cosworth, la firma inglesa que ya era sinónimo de competición.

En agosto de 1983, tres unidades del Mercedes-Benz 190E 2.3-16 entraron al anillo de alta velocidad de Nardò con una consigna simple: detenerse únicamente para cargar combustible, cambiar de piloto y hacer servicios básicos. Más de ocho días después, el sedán compacto que Mercedes apodaba “Baby Benz” salió de la pista con un récord que todavía se usa como referencia de sobreingeniería aplicada a un auto de calle.
La prueba que definió al 190E 2.3-16
Mercedes-Benz acababa de lanzar el W201 en 1982, su apuesta por un sedán chico y premium para competir contra modelos japoneses y europeos. La duda del mercado era simple: ¿un auto de menor tamaño podía ofrecer la misma resistencia y confiabilidad que los Mercedes grandes? Para responderla, la marca alemana no publicó un paper técnico ni armó una conferencia de prensa. Puso tres 190E 2.3-16 a rodar en Nardò, en el sur de Italia, con una instrucción clara: no frenar salvo para cargar nafta, cambiar de piloto, cambiar neumáticos y hacer ajustes mínimos.

El resultado quedó en los libros de la FIA. Recorrieron 50.000 kilómetros en 201 horas y 39 minutos, unos 8 días, 9 horas y 39 minutos, a una velocidad media oficial de 247,94 km/h. Los titulares de la época redondearon a 250 km/h, pero la cifra homologada fue la que quedó para la historia. No se trató de un pico de velocidad, sino de sostener un ritmo cercano a la velocidad máxima de un sedán aspirado de 2.3 litros durante más de una semana entera.
Parar solo para nafta: la logística de un infierno mecánico
El desafío no era alcanzar los 250 km/h, sino mantenerlos. Cada detalle mecánico trabajó al límite: aceite, agua, transmisión, rodamientos, gomas y aerodinámica. Un solo componente mal resuelto significaba abandono. Por eso las tres unidades no eran 190E 2.3-16 de serie. Recibieron modificaciones típicas de endurance: jaula de seguridad, tanque de combustible ampliado, butacas de competición, instrumentación específica y refuerzos estructurales. La arquitectura del motor no se tocó.

Los pilotos e ingenieros de fábrica de Mercedes-Benz y Cosworth rotaban en relevos planificados para minimizar cualquier detención. La consigna se cumplió sin excepciones: si el auto no necesitaba nafta, no paraba. No hubo fallas mecánicas que obligaran a abrir el capot en boxes.
El motor que llevó la firma Cosworth
El corazón del récord fue un 2.299 cm³ de cuatro cilindros con tapa de 16 válvulas desarrollada junto a Cosworth, la firma inglesa que ya era sinónimo de competición. En la versión de calle entregaba 185 CV a 6.200 rpm y un torque de 235 Nm a 4.500 rpm. El 0-100 km/h rondaba los 7,5 segundos y la velocidad máxima se acercaba a los 230 km/h.
Las unidades del récord recibieron ajustes de aerodinámica, refrigeración y transmisión para sostener ritmos más altos. Pero la base era la misma que luego Mercedes vendió en concesionarios. Esa fue la jugada: demostrar que un sedán compacto con aspiraciones deportivas podía bancarse una paliza de ocho días a fondo sin desarmarse.
Nardò, el anillo de la velocidad constante
El circuito de Nardò es una pista circular peraltada, pensada para rodar rápido y constante sin frenar. No hay curvas cerradas ni pendientes. El peralte permite que el auto se asiente en la inclinación y mantenga una velocidad casi uniforme durante horas. Por eso se usa para pruebas de velocidad máxima y resistencia aerodinámica.
Ahí, en pleno agosto italiano, el calor del sur de Italia se sumó al estrés térmico propio de rodar a 250 km/h constantes. La combinación puso a prueba cada material del auto. El 190E 2.3-16 no solo terminó: marcó también promedios cercanos a 247 km/h en distancias de 25.000 kilómetros y 25.000 millas durante la misma prueba.
Del récord a la homologación para el DTM
El esfuerzo no fue un capricho de ingenieros. Mercedes usó el récord de Nardò como carta de presentación del 190E 2.3-16, que poco después iba a pelear en el DTM alemán. La lógica era simple: si el auto aguantaba 50.000 kilómetros a 248 km/h sin fallas, podía soportar las carreras más exigentes del campeonato de turismos.
Esa estrategia de homologación le dio resultado. El 190E 2.3-16 se transformó en un clásico de culto y en la base de una familia deportiva que décadas después seguiría alimentando la leyenda del “Baby Benz”. La sobreingeniería ochentera no solo vendió autos: construyó una reputación de resistencia que los autos modernos, con sus récords de velocidad punta, todavía no logran opacar.
