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Carlos Figueras vs Schumacher: el mejor auto que manejé

La experiencia de Carlos Figueras a bordo de una Ferrari 360 Modena F1 y la comparación con los tiempos de "Schumi".

Por Carlos F. Figueras

No fue fácil decidirme. Manejé muchos autos deportivos, incluso con potencias mayores, pero lo importante es lo que transmiten y sensaciones que nos deja para siempre en el archivo mental y en lo emocional, algo que no se puede explicar con palabras. Así fue como mi elección recayó en la Ferrari 360 Modena F1 por varias razones. Primero porque el test drive se realizó en Italia, en el emblemático circuito de Fiorano a lo que se sumó  un interesante recorrido por caminos de la región de Emilia Romaña.

En el trazado de pruebas de Ferrari tuve la posibilidad de girar diez vueltas luego de haberme sentado en la butaca derecha con uno de los instructores de Maranello que me indicaba como encarar las curvas del sofisticado dibujo (algunas traicioneras), en que cambio de marcha y las trayectorias ideales para de esa forma evitar situaciones no deseadas. Pero lo mejor fue que los autos de prueba estaban equipados con telemetría cuyo gráfico impreso –que aún conservo y fue publicado en auto test en su momento- nos fue entregado terminado el test y que indicaba las velocidades con que encaré las curvas, en que marcha y a qué velocidad…comparadas, nada menos, con las mejores vueltas de Schumacher sobre una 360.

Fue lo que me sirvió para tomar consciencia de mis grandes limitaciones. Mi mejor tiempo luego de dejar atrás los 3.000 metros del trazado y las 12 curvas, había sido seis segundos más lento que el de “Schumi”. Las grandes diferencias estaban en las zonas de frenaje donde mi instinto de conservación me llevaba a hacerlo muchos metros antes y por supuesto en las curvas de alta velocidad. En síntesis, me comí una paliza inolvidable…

Lo que más me impresionó fue precisamente la increíble eficiencia de los frenos por lo que se hace muy difícil ubicar el sitio justo donde activarlos. A mis espaldas, utilizando las levas fijas con forma de cuernos, el motor V8 de 400 caballos gritaba histérico al conectar cada una de las seis marchas de la caja secuencial, mientras devoraba el asfalto llegando a los 200 km/h en poco más de 16 segundos. Cada rebaje se sucedía a velocidad de vértigo y se transformaba en una sinfonía para mis oídos. Con cautela para evitar el papelón cumplí con mis diez giros y solo una vez pisé unos centímetros más allá del piano en la curva del puente con peralte invertido imitando la característica de algunos virajes en los circuitos de F1.

Me hicieron señas desde los boxes y tuve que detenerme juiciosamente abandonando la butaca de la Ferrari gialo (amarilla). Justo cuando estábamos por iniciar un apasionado romance.

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