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Paseando por Londres con un Mclaren Senna

Estamos acostumbrados a ver cómo el McLaren Senna se comporta en las pistas exigido al máximo buscando la trayectoria ideal. Hoy se enfrenta a su otro yo: debe salir a la vida real lanzándose al tránsito londinense.

Cuando el flujo del tránsito se vuelve más y más espeso para quedar finalmente detenido en la arteria central del Soho, como en una trombosis, es tiempo de tomar real conciencia de lo que hacemos justamente allí, en ese colapso colectivo. Solamente este nombre: McLaren Senna representa lo máximo posible; se trata de un auto demencial con 800 CV, 83 kgm de torque, 1.300 kilos y a un precio de 925.000 euros. ¡Santo Dios!

Autorizado, pero ¿apropiado?

¡Contemplen, mortales! Este vehículo es el exceso mismo; un superhéroe del deporte de alto rendimiento, y ahora está aquí en la fila con su monstruoso motor, pretendiendo normalidad –como Batman en el supermercado–. Delante está el Berlingo de un spa de uñas de Chelsea, donde –a juzgar por el sticker en la luneta trasera– habrían votado en contra del Brexit; detrás, un maltratado Mini que desde hace rato mira con ojos enormes y expresión boquiabierta. La gran pregunta: ¿por qué hacerle esto a un Senna? ¿Por qué el centro de Londres y no Silverstone? Porque puede, porque está permitido. Su esencia es la de un auto de competición, pero ahora con una Green Card para la civilización con una autorización para transitar pero que no lo hace necesariamente apto para transitar. Y el tema de “lo cotidiano” está, de todos modos, en otra parte del libro, en otra página por completo diferente, como pudimos comprobar hace un par de horitas.

Al principio, todo transcurre sin problemas. Cuando llegamos, nos espera el Senna ya listo frente a la sede de McLaren Technology Centre en Woking –ese OVNI de cristal, donde desarrollan extraterrestres en serie creados por manos humanas–. Un paseo por el vestíbulo, en el que se exhibe la historia del automovilismo, completa y sin filtro; siguen unas pocas formalidades. Sin requerir documentos, solo dos firmas. Aquí y… otra aquí, por favor. ¡Gracias! ¡Oh, la llave…!

Simple por dentro, radical por fuera

Falta una cosa, por suerte. El baúl. Un detalle, no menor, muy poco frecuente en los superdeportivos pero, de alguna forma, siempre presente. En el Senna, no. El frente del vehículo se usa, en su mayor parte, para la refrigeración de la maquinaria diabólica; la parte trasera, para el motor y los conductos de aireación. Todo lo que queda es un espacio minúsculo detrás de los asientos, donde caben exactamente dos cascos o dos valijas que casualmente tengan el formato y el tamaño de cascos. Las nuestras no lo tienen. En cualquier caso, una muda de ropa y un cepillo de dientes se meten en cualquier rincón.

Sin contar las contorsiones en el asiento del acompañante, la cabina brilla con elegancia funcional. Prácticamente todo está construido –en esencia, el auto mismo– en fibra de carbono; el panel de control de la caja de doble embrague está fijada directamente a la carcasa del asiento del conductor, como en un cabestrillo; las mirillas en las puertas agudizan la sensación de velocidad. Además, todo lo que no es absolutamente necesario para la conducción ha sido eliminado: el abrepuertas y el alzacristales están ubicados en el techo. Al igual que el botón de arranque, con el que despierta el búfalo del biturbo. ¿Sonido? Fuerte, rudo, con un ligero riff metálico. Ninguna balada; más bien un furioso thrash metalero. Pero la verdad es que semejante escándalo podría parecer inadecuado para un minimalista tan radical. De cualquier forma: a partir de las 2.500 rpm, cuando el bramido de los dos turbocompresores cae como un huracán sobre el sonido tecno del ocho cilindros, se genera una rara armonía entre acústica y empuje apocalíptico. En 2,8 segundos explota el Senna de 0 a 100 km/h, alcanza la marca de los 200 km/h después de 6,8 segundos; la velocidad máxima es de 335 km/h.

Entretanto, el McLaren se adelanta impecable, serpenteando a través de los buses de doble techo; su tracción es demencial, cuando el semáforo se pone en verde. Atractivo muy personal: la dirección hidráulica, hiperdirecta.

Pero el Senna no te lleva a la ciudad; atrae a la ciudad. Su atención, sus habitantes. Como la luz a las polillas. Chicos, jubilados, hombres de negocios, mujeres de sociedad, de inmediato, todos se convierten en paparazzi. A veces, a riesgo de su propia vida. En medio del delirio, un cartero, con la mirada clavada en el Senna, choca su bicicleta contra un taxi estacionado; unos minutos más tarde, una clienta de Harrod`s corre sobre los altos tacos de sus exclusivos Manolo Blanik, para hacerse una selfie junto al McLaren. Increíble.

Mientras tanto, es bueno darse cuenta de lo que el Senna no es. No es un esteta; su erotismo radica más en las leyes de la física que en las reglas del arte. Nada en él es meramente decorativo o existe por el simple hecho de existir. La boca del sistema de escape, dispuesta hacia arriba; las cuencas de sus faros, el –me van a disculpar– culo macizo. Todo, absolutamente todo, cumple una función que –mayormente– es de naturaleza aerodinámica. Ya que el aire es el elixir de la vida para el Senna. Del aire absorbe su dinamismo, a través de él se canaliza y obtiene su equilibrio. Genera un máximo de 800 kilogramos de carga aerodinámica, y solo una parte proviene de arriba. La otra parte se genera a partir del efecto ventosa de sus bajos, lo que requiere bajar la carrocería en 39 centímetros, lo suficientemente cerca del piso como para levantar las colillas de cigarrillos con el splitter frontal. Bueno… casi.

Cuando cae la noche, una última vuelta de honor por la arena del Picadilly Circus; otra vez, una tormenta de flashes y pulgares en alto, muchos en vivo y en directo; muchos más, indirectamente vía Instagram. Después, nos relajamos. Sin estridencias: la normalidad. Entretanto, el tapón de tránsito ya se ha disuelto; el acoso también ha cedido. Cuarta, andar liviano, fácil. Mientras, en la radio, Sting canta su “Englishman in New York”.

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