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Opinión: Los inimputables

 

Basta sentarse en una mesa en la vereda de cualquier bar, en una esquina con movimiento de tránsito para descubrir las tendencias de algunos automovilistas porteños, especialmente los más jóvenes. Un desfile que está compuesto por un amplio abanico de autos personalizados a gusto de su propietario. Entre ellos se destacan los propietarios de VW Gol, que sin ningún tipo de conocimientos técnicos, rebajan las suspensiones a niveles insospechados dejando los neumáticos (con llantas más anchas que las originales modificando la masa no suspendida y obligando a los semiejes a trabajo extra) al borde del pasarruedas, a tal punto que al doblar en una esquina o en una cuneta suelen rozar contra el borde de chapa. Salvo excepciones en las que el trabajo se hizo a conciencia reemplazando los amortiguadores y resortes de la suspensión por elementos adecuados para disminuir la altura, en general todo se reduce a cortar una vuelta de los espirales de lo que se encarga “Cacho”, el mecánico del barrio…y listo.

A esta modalidad suman luces de posición delanteras de color azul o rojo, falsas lámparas de xenón que solo cumplen la función de encandilar a los que circulan en sentido contrario. A esta “tribu” se suman los que gastan fortunas en equipos de audio con inmensos parlantes ubicados en el baúl, ecualizadores, etc. y se pasean con la música “trap” a fondo con ventanillas bajas para no pasar desapercibidos. Esto sin olvidar la tendencia a polarizar los vidrios lo más oscuros posible, cosa que de noche el auto se transforme en una cápsula ciega ajena a todo lo que sucede a su alrededor.

Puede que no hayas prestado atención, pero existen.

Carlos F. Figueras

 

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