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Crónicas de viaje por la Patagonia

Decidimos contarles detalles de algunos de los muchos viajes al sur argentino con datos de nuestros lugares predilectos. Llegarán a la conclusión de que no somos muy normales.

Por Carlos F. Figueras – Fotos: Miguel Tillous

No es novedad que, cuando encaramos algún operativo de un nuevo modelo, la mayoría de las veces ponemos proa hacia la Patagonia. Pero lo más extraño es que a través del tiempo casi siempre elegimos los mismos lugares para pernoctar, aunque también tenemos en cuenta cuál es la oferta gastronómica local, ya que después de manejar varios cientos de kilómetros por jornada sin almorzar (para no perder tiempo que es nuestra obsesión) y habiendo dado cuenta de apenas un par de alfajores, lo único que deseamos al llegar a destino es una ducha caliente, una mesa bien servida con productos autóctonos y un descanso reparador para volver a la ruta al día siguiente.

Muchos de ustedes (los lectores) supondrán que elegimos planear las escalas en ciudades importantes con hoteles de varias estrellas, lo que en realidad sucede muy esporádicamente. Preferimos los pueblos con cierto encanto, esos que para nosotros tienen una atracción casi inexplicable. Por eso, cuando encaramos un viaje por la Patagonia marítima, la primera etapa habitualmente culmina en Bahía Blanca para luego encarar hacia Puerto Madryn, donde nos espera la cordialidad del personal del impecable Hotel Territorio frente al mar, y gozar de una buena paella o unas vieiras gratinadas en el recomendable restaurante “Mariscos del Atlántico”. Luego de una escapada a Península de Valdés, en más de una ocasión hemos preferido abandonar la RN3 a la izquierda antes de Garayalde para encarar los 70 km –por RP 30– rumbo al encantador pueblo pesquero de Camarones (allí vivió el general Perón durante su carrera militar) de calles amplias y casas bajas con poco más de 1.300 habitantes, al que seguramente una buena parte de los turistas no le encontrarían ningún atractivo especial. Ese no es nuestro caso. Como dato extra: es la Capital Nacional del Salmón de mar, pero también se pueden degustar otros pescados y mariscos de frescura incomparable como róbalo, navajas, vieiras, pulpitos, caracoles de mar y tremendos langostinos en el restaurante del hotel Indalo Inn.

Otro de nuestros pueblos predilectos, también a orillas del Atlántico, es Puerto San Julián en la provincia de Santa Cruz al norte de Río Gallegos. Fue allí que en 1520 el navegante portugués Fernando de Magallanes atracó con sus cinco naves oficiando la primera misa religiosa en territorio argentino. Por la noche, unos arroces con mariscos que dejaron su hábitat natural pocas horas antes.

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Precisamente, unos kilómetros antes de San Julián, hace veinte años, quedamos bloqueados en la RN3 por una impresionante y tardía nevada a mediados de septiembre. No había referencias de la cinta asfáltica y los alambrados habían desaparecidos bajo un infinito manto blanco…un panorama poco alentador. Había un par de camiones cruzados y se formó una larga fila a la espera de que las máquinas despejaran la ruta. Por suerte nuestro BMW 530d tenía combustible de sobra lo que nos permitía conectar a cada rato la calefacción ya que afuera la temperatura era de -6º con viento rasante y una sensación térmica inferior a los -10º. Luego de seis o siete horas de espera, dos máquinas barrenieve de Vialidad lograron despejar parcialmente la ruta con las últimas luces y pudimos marchar a paso de hombre para hacer noche en San Julián. Nuestro destino final era Río Gallegos, ciudad a la que nunca llegamos. El temporal de nieve duró más de tres días y los caminos estuvieron cerrados en ambos sentidos.

En ocasiones completamos un tramo descansado desde San Julián hasta Río Gallegos haciendo fotos en alguna estancia del camino y nos hospedamos en el confortable Hotel Patagonia. A la hora de comer, festín de centollas. Si seguimos hacia el sur con destino al extremo del continente, en Punta Dungeness (Cabo Vírgenes) –ubicado en la orilla norte del Estrecho de Magallanes y a pocos metros del límite con Chile–, nos espera un espléndido cordero al asador o un humeante guiso capón en la estancia Monte Dinero que también ofrece alojamiento, con típica construcción y estilo patagónicos y ambiente acogedor que invita a los huéspedes a protegerse del viento constante y el frío reinante en la zona.

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Si, en cambio, planeamos un viaje a la Patagonia andina siguiendo la RN40, también tenemos nuestros lugares “exclusivos” que no son los turísticos por excelencia. Saliendo de Buenos Aires, al segundo día transitamos por la ruta que une Junín de los Andes, San Martín, Villa Traful y Bariloche con parada obligada en Dina Huapi en El “Viejo Boliche”, parrilla de amigos ex mozos de la tradicional Munich de Bariloche. Lamentablemente, ambos han cerrado definitivamente. Algo similar sucede con la Hostería del Viejo Molino, que cuando estaba en manos de Gustavo Mathieu era nuestra estadía obligada, pero una vez que cambió de manos ya no fue lo mismo. Por eso preferimos hacer unos cientos de kilómetros y pernoctar en Esquel, en la acogedora Hostería Canela, atendida por sus dueños, que ofrecen desayunos memorables. Por la noche también contamos con un par de parrillas que nos fueron recomendadas por lugareños que siempre nos dan sabios consejos. Continuando rumbo al sur por la RN40 antes de arribar a Calafate, nos desviamos a la derecha en la localidad de Perito Moreno en dirección a Los Antiguos. Unos kilómetros antes, sobre la ruta de acceso, se encuentra el Hotel Antigua Patagonia a orillas del Lago Buenos Aires con una vista espectacular de la Cordillera. Este espejo de agua es uno de los más grandes de Sudamérica y es compartido desde 1959 con Chile, donde cambia su nombre por el de lago General Carrera. Por la noche, nadie puede negarse a disfrutar de unas truchas a la plancha.

Al día siguiente, el destino es Calafate, centro turístico por excelencia y lugar en que todo está pensado en función de los visitantes, principalmente extranjeros que vienen a conocer el imponente glaciar Perito Moreno. En más de una ocasión preferimos dar una vuelta por la estancia Nibepo Aike y comer algo en el camino para retornar a Calafate y pernoctar en el confortable hotel Los Alamos.

Como cierre de estos relatos, queda claro que nuestros viajes no son para nada convencionales y en general elegimos lugares y pueblos alejados de los centros turísticos tradicionales. En muchas ocasiones preferimos compartir las costumbres de los lugareños y escuchar sus vivencias sacrificando, muchas veces, la comodidad que brindan los hoteles cinco estrellas. Nada resulta más auténtico y gratificante que vivir ese ritmo tan sedante que está en el otro extremo de la vorágine que sufrimos a diario en las grandes ciudades… para eso tenemos Buenos Aires, donde invariablemente debemos volver.

Estos viajes a la inmensidad de la Patagonia y sus incomparables atardeceres con colores que parecen salidos de la paleta de Van Gogh, siempre fueron una brisa fresca y reparadora antes de sumergirnos en el histérico caos de la gran urbe.