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Clásicos: Ford Mustang Convertible 289” V8 Cruise-O-Matic

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El momento justo y el lugar adecuado son el factor suerte que siempre interviene, pero no podemos olvidar el elemento fundamental: la idoneidad que debemos tener para poder aprovechar la circunstancia. En este caso, fue esta idoneidad que llevó a un grupo directivo a crear un auto que llegó en el momento justo: el Mustang de Ford, en abril de 1964, a la Feria Mundial de Nueva York.

El 17 de abril de 1964, el Mustang se presentó al público. Ese día se registraron veintidós mil pedidos; todas las previsiones quedaron desbordadas. La campaña de marketing había sido un éxito. La versión hardtop más baja de gama llevó el motor del Falcon de seis cilindros en línea de 2,8 litros (170”) y una caja manual de tres velocidades; su precio fue de tan solo U$S 2.368. Los V8 se identificaban por un escudo sobre los guardabarros delanteros, que mostraba su cilindrada en pulgadas cúbicas (289”) sobre una “V” amplia.

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El efecto fue explosivo, el público se arremolinaba frente a los concesionarios de todo el país y hubo infinidad de anécdotas en esos días. Como ejemplo contamos una: el caso de quince futuros clientes que querían el único Mustang de una concesionaria del Este; después de varias discusiones, se decidió subastar la unidad. Al término de esta, al ganador no pudieron convencerlo para que no se quedase a dormir en el auto: su temor era que lo vendiesen antes de que su cheque se acreditara a la mañana siguiente. Ford había logrado un producto que todo el mundo quería. Había nacido una leyenda.

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Un mes y medio después de la presentación, un Mustang Convertible 289” V8 –como el que hoy vemos en nuestras imágenes, pero de color blanco– era el Pace Car de las 500 Millas de Indianápolis.

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Fieles a la premisa de practicidad, su baúl tenía una capacidad de 260 dm³, con un gran portón de acceso. Al verlo de atrás, lo primero que reconocíamos era el nervio que nacía en los guardabarros delanteros, que se convertía en dos delicadas aletas sobre el final. Los faros traseros de tres barras verticales se apoyaban sobre el replanado de la cola con otro escudo que lo individualizaba, todo “soportado” por el paragolpes, que era como el delantero, muy delgado y encastrado a la carrocería. 

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Su interior era amplio y de indiscutible estilo, el volante de tres rayos con la acostumbrada forma de V y en el centro, otro escudo. Su tablero rectangular contaba con dos esferas en los extremos, una de control de temperatura y la otra con el medidor de combustible, y, en el centro, el clásico americano cuenta millas horizontal. Luego, luces de alternador y presión de aceite, el odómetro y, arriba, dos pequeños testigos que indicaban la luz alta y de giro. Por debajo, perillas de luces, de limpiaparabrisas, llave de encendido y encendedor. Sobre la derecha, los mandos de calefacción, en el centro la radio y, por debajo, una consola con la palanca de cambios, que en este caso, por ser automática, era una “T” con botón lateral para conectar parking.

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Hasta septiembre del 64, se produjeron 97.705 versiones coupé y 28.833 convertibles, todo un récord. Para fines del 65, el número se elevó a 409.260 hardtop, 73.112 convertibles y se habían agregado fastback 2+2, de los cuales se habían fabricado 77.079 unidades.

Una verdadera revolución que creó una leyenda.